domingo, marzo 24

Retazos porteños



Jueves 7 de marzo
“¡Se llama Agustín Lara!”, escucho todavía a través de los audífonos a un par de jóvenes porteños hablar no sin pasión del compositor mexicano al encaminarme por Reconquista, a mi espalda Corrientes. Agustín Lara. Separo los audífonos de mis oídos e intento oír algo más, pero la conversación ya es sólo un rumor exaltado calle abajo, entre pasos rápidos de hombres y mujeres que terminan por engullirla. No esperaba escuchar este nombre aquí y ahora, en ese cruce o intersección que va quedando detrás. Me dirijo al departamento en la calle Viamonte del poeta de Coronel Pringles, Arturo Carrera. Pienso: mi hermana acaba de grabarme en nuestra carpeta compartida de Dropbox, justo hoy, un homenaje de Natalia Lafourcade al flaco de oro, el poeta del pueblo. No he descomprimido siquiera el archivo porque de pronto me sentía culpable de padecer el síndrome del Jamaicón Villegas, tal como me lo advirtió Luis Eduardo, un amigo tapatío, poeta y chiva de hueso colorado, pero creo que la sola mención por un par de adolescentes en Buenos Aires deviene invitación explícita.

Domingo 10 de marzo
Recorro la calle de Carranza hacia Honduras. El pasado miércoles también lo hice, salvo que la vida de Palermo es por completo diferente al término que a media semana. Esa ocasión los restaurantes hervían de turistas, sentados en mesas que la marea de la economía había sacado hasta las banquetas. Iba de noche y me dirigía por invitación de Marina Mariasch a la presentación de una antología de cuentos eróticos escritos por mujeres. Le daba flojera a ella misma, pero dos de sus talleristas participaban. Como era predecible, el lugar estaba lleno y a más no poder de fachas –aunque lindas, muy– en plena socialité. La mayor parte del público se componía de mujeres, algunas de ellas que llegaban tarde y no cabían en el salón empezaban a aplaudir al momento, sin saber lo que se había dicho. Al menos conocí –jazz de fondo de un trío de talentosas– la librería Eterna Cadencia, con títulos increíbles de Juan Filloy, Arturo Carrera, César Aira, Alberto Laiseca, Fogwill, Fabián Casas, María Negroni, Jorge Aulicino, Mirta Rosenberg… menciono los nombres porque quiero regresar a por ellos en cuanto me sea posible.
Hoy domingo vuelvo a la carga y me enrolo en una calle repleta de cerrados párpados de hierro, con tatuajes –las placas que la anarquía pinta en bardas, botes de basura y fachadas no iban a discriminar a un barrio de lujo como Palermo. Por todos lados mujeres jóvenes de cabello largo, lacio y ondulante pasean a sus perritos –pasa una en bicicleta con su can en la canastilla frente a los manubrios, aumentando con la baba de sus lengüetazos la brisa de la tarde–, son mujeres que visten blusas sin mangas, shorts de mezclilla que llevan a admirar sus piernas torneadas y argentinas, mujeres que este fin de semana se ven más despiertas y contentas que en el subte rutinario, cuando todo mundo mira hacia abajo, escribe mensajes en sus iPhones, evita mirar incluso su propio reflejo en las puertas de los trenes que sirven de escaparate al arte urbano.
Sigo por Honduras, una inercia me impele hacia el lugar de donde vienen estas mujeres, tal vez las más hermosas que haya visto en cualquier viaje, comparables –quizá lo digo influenciado porque pasan múltiples en bicicleta– a las de Ámsterdam, Berlín o Shangai. De pronto me encuentro en la Plaza Julio Cortázar, o Serrano. Me detengo a oír el bullicio de extranjeros y nacionales –muchos jóvenes– que cruzan por esta glorietita cerrada al tráfico como una naranja recién partida en dos. Minitas con el cabello recogido en bulto hacia atrás, corto, largo, lacio, amarillo terso, perlirrojas (el Word señala el adjetivo como erróneo y, reflexionando, descubro que no). En los puestos callejeros –he aquí mis reminiscencias de los tianguis mexicanos– se vende fruta de temporada, bolsos, monos de peluche, remeras –playeras– que allí mismo graban con litografías. Por cierto que no recuerdo que vendieran un solo libro, siendo que son comunes fuera de ciertas estaciones del subte kioskos con libros de viejo. Allí mismo está la calle Jorge Luis Borges: una ciclovía de dos carriles, ida y vuelta, fluye por una de sus orillas. De nuevo, mujeres hermosas de toda estirpe, evanescentes ante el sol que desciende con la sutileza de una araña.
Y claro, es domingo: los gritos de despecho o de celebración por los resultados del futbol rasgan la serenidad nocturna.

Sábado 9 de marzo
Almuerzo milanesa, ensalada y jugo de manzana con el chileno Vitoco López y su novia en un restaurante frente a la estación del Parque Patricios. Todavía no termino por asimilar la charla que el pasado jueves sostuve con el poeta Arturo Carrera, una de las más inolvidables en esta ciudad porteña. No he registrado nada en papel y temo olvidar la descripción de la escena, pero más que nada la atmósfera vivida. Y mientras me recupero junto a mis amigos de la noche anterior, de la gastritis que roe, de la lectura de poesía en el segundo piso de La Libre donde hallé inesperadamente a otro amigo que hacía ocho años no le miraba, Santiago Vega alias Washington Cucurto, y a otros poetas de la ciudad, las Quilmes de a dos litros en el primer piso de una librería de San Telmo, el postrero fernet, en tanto me recupero de la aventura en el bar Los Poetas en Bolívar al 700 de donde partimos, o del bar en que terminamos cuyo nombre no recuerdo y donde una chica me presentó a su esposa por lo legal… un adolescente con la camisa sucia y desabrochada irrumpe en el paisaje, corre despavorido en dirección nuestra, luego gira, se pierde en la curva. Suenan sirenas de policía. La calle parece en pausa... una transeúnte se acerca con timidez, se siente en la obligación de informarnos que el muchacho asaltó en pleno día a la señora de la verdulería, una anciana a la que apenas le alcanza para comer.
Sale a colación la muerte de Chávez y la noticia de que tan solo en el sexenio de Calderón hubo la misma cantidad de desaparecidos en México que en la dictadura argentina de Videla… Habría que tomar en cuenta los muertos sí reconocidos… Nos despedimos con abrazos. El lunes temprano Vitoco López y yo iremos al mercado negro a cambiar dólares. Desciendo a paso lento por la estación amarilla del parque.

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