lunes, marzo 25

Retazos porteños II



Sábado 23 de marzo

Fui esta noche a cenar pizza con Fernando Domínguez. De pronto el solo registro de los hechos en sucesión me da una flojera terrible, unas ganas tamaño Imperio de hacer rodar días como cabezas enemigas. Fernando es un director de cine incipiente. Y lo digo así no por hacer menos su labor, pues su única película filmada hasta el momento es un derroche de visión original y sabiduría plástica.
Puedo apreciar de nuestro encuentro, desde que subí a su auto, su descripción de la escena poética del Buenos Aires de los noventa. Y su entusiasmo me entusiasma, se me contagia de puro ir vadeando a otros autos por Santa Fe y pescar lo más posible nombres y situaciones. Nombres: Juan Desiderio, Martín Gambarotta, Alejandro Rubio, Daniel Durand, Fabián Casas… Washington Cucurto llegó después, con fuerza metálica.
Y más, en realidad fueron muchos más, para dar una idea de la vida de estos muchachos que no estaban más interesados en las drogas que en la poesía o liarse a golpes. Poemas recitados para un público temporal, nunca consignados, poemas que desaparecieron con el tiempo como eslabones perdidos de una trama de la que conocemos aquello que persistió pero que fue parte de algo más, una serie de voces en eclosión.
Quizá lo más valioso, a nivel vida, intensidad literaria, sea este conocimiento de todo lo que siempre ignoraré, y muchos más, de una generación que partió en dos la percepción de una escritura marginal como es la poesía, esa irrupción de actitudes rebeldes a ser presas del registro.


Domingo 24 de marzo

Ayer, antes de salir, limpié la cocina hasta el pulimiento. Dormí a las seis de la mañana, leyendo a Giannuzzi, a Merini, a Gambarotta. En desorden, a intervalos. Miré distraído alguna serie televisiva, cené los frijoles –alubias- que cociné con cierto orgullo de neófito.
Levantón tardío. Mastiqué en un restaurante infame y caro el peor vacío de mi historia argentina. Pensé en redimir mi paladar y caminé más allá de la estación Palermo por Santa Fe a La Niña de Oro: probé el preparado de café de la casa, con cognac y chantillí. Nada mal. En el camino había conseguido dos extremos ideológicos: Página 12 y Clarín. Los devoré para quitarme el mal sabor de boca que persistía en esa tarde.


Viernes 22 de marzo

Asistí a una lectura de múltiples voces organizada por Embalse, un movimiento de jóvenes mayoritariamente de los ochenta. Cadencias, registros de la ciudad y de vidas personales, cotidianidades. Estaban en venta libros de Vox, la colección Chapita… Fiesta, música, en el patio de una casa antigua acondicionada para el encuentro. No cabíamos. Allí poetas como Mariano Blatt, Paula Peyseré, Matías Heer (aunque no sé si llegó él), Mercedes Halfon, Vitoco López. El público… sentados en el piso, de pie, bebiendo, escuchando. En las fotos de la memoria en fb no aparezco, lo que contribuye a sospecharme un espectro presente desde el armado de la lectura y que abandonara el lugar sin apenas algún signo de materialidad. Me siento virtual, esquivo. Ya no sé si regalé Metrópolis y boletos de Poesía en Tránsito, compré libros, charlé, bebí y dispuse el oído, cené hamburguesa con Vitoco en un puesto peruano del Once. ¿Algo queda?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario