viernes, marzo 15

Noche de viernes en Buenos Aires



Es raro no salir del depa un viernes por la noche, más cuando se está en una ciudad extraña, extranjera, aunque sea uno el extranjero. Alex, mi amigo periodista desde hace treinta años –cuando ninguno de los dos ostentábamos ningún título profesional y nos enfocábamos en cultivar la extranjería entre otros adolescentes y los incomprensibles adultos– me escribió a mediodía desde su iPod, en medio de un viento frío que se colaba entre los árboles del parque Colomos tapatío, que viajar era como ser un náufrago.
Nunca había escuchado esta idea. Si es común, ni enterado. Lo cierto es que la noción del náufrago debe ser cuando menos familiar para quienes avistábamos a Robinson Crusoe en un filme de fines de los sesenta protagonizado por Hugo Stiglitz y dirigido por René Cardona Jr.– amén de la inolvidable aventura en forma de diario con la que Daniel Defoe llenara interminables tardes de relectura–, los fines de semana en que Televisa dejaba de lado las telenovelas y los programas del Chavo, un filme que sigue en su plástica muy de cerca a otro de 1954 que, para mi asombro, dirigió Luis Buñuel. De esa textura visual debe venir mi gran aprecio por los mapas antiguos, sus colores terrosos, sepia, los dibujos de sus fronteras informes, como trozos de masa estirados por un rodillo caprichoso.
La curiosidad me mueve más y busco en Youtube el diálogo con el que el Robinson da inicio a su relato:
“…mi cabeza pronto empezó a albergar la idea de abandonar Inglaterra, de ver el mundo. Y así, contra la voluntad y los designios de mi padre, solté amarras y me embarqué. No se equivocó mi padre al profetizar mi desgracia, pues no mucho tiempo después, navegando por África, por la latitud 12° 18’, para comprar esclavos negros y vendérselos luego a los terratenientes de Brasil, una violenta tempestad azotó nuestro barco, empujándonos hacia el oeste, lejos de las frecuentadas rutas comerciales.”
Puedo imaginar a Luis Buñuel repitiéndose lentamente estas palabras, mascullándolas y luego alzando el tono, verificando el guion que daría lugar a una plástica que sin mucha entelequia traspasaría las fronteras de la pantalla grande, a color en un tiempo en que era novedad, para instalarse en tantas imaginaciones infantiles. O de adultos con cierto espíritu aventurero.
Robinson viene a ser un tipo de viajero que termina por enfrentarse a una realidad que lo sobrepasa. Su gran desgracia consistió en un inicio en no ver el mundo tal y como lo tenía planeado, ser expulsado de las cosas del mundo hacia una isla que resultó ser él mismo: el viajero, en lugar de recorrer la Tierra, los mares, dio de tope contra su propio mundo interior.
La desgracia profetizada por su padre termina por ser una bendición, hasta que una mano ajena lo saca de su ensimismamiento y lo devuelve a la sociedad de la que provino. Nunca nada será igual, se ha visto a sí mismo, ha vencido zonas salvajes de su psique, que ignoraba, y ha civilizado a otras, las que parecían indomables, antropófagas.
Y pensar que hoy es viernes. Un día indómito, si hago caso a las risas y gritos que vienen de los antros cercanos, de los depas vecinos, la calle Paraguay.
En esta ocasión, a diferencia de otros viajes, como el que hice a Guatemala –en camioneta, rodando por el sur mexicano–, hoy no huyo de nada. He venido al encuentro de una ciudad y me he topado conmigo mismo, así, de golpe.
Tal vez por esa razón cuando Alex asoció el naufragio con el viaje, no dejó de rondarme la inquietud. Hace tres días que arribé a Buenos Aires, he salido a cazar algunos paisajes, a comerciar dólares, a atisbar los alrededores de Palermo, la zona de la que zarparé día a día, y no había caído en la cuenta de que antes de fabricarme una imagen de turista –con la guía de El País en mano, ya todo olvidado– necesito naufragar en mi propia isla, en mi yo –esa dimensión desconocida al estilo del Rod Serling de los sesenta.
Pero tiendo a encerrarme en mi departamento. Al menos por ahora. Como si llenara las bodegas antes de levar el ancla, planeo lo que desayunaré, cenaré, veo algo de mala televisión, escucho a Lou Red porque me lo contagió un autor argentino invadido por sus ritmos mientras escribía su novela “Frío en Alaska”, leo a Nooteboom y me maravillo. Voy ajustando las dimensiones de mi espacio a mi muy personal sentido de la orientación, descubro mi ethos de viajero que no viaja.
Y no es que quiera permanecer estático, es que siento que no he dejado de moverme, que dentro de mí ideas y sobresaltos que estaban contenidos emergen y hacen que tienda a un cierto carácter meditativo, más allá de consignar fachadas de casas de otro tiempo, parques en la oscuridad desde un reflejo del autobús, botes de basura anclados en calles desiertas, monumentos de personajes famosos y cementerios llenos de nombres que significan más dentro de libros.
¿Qué hago aquí? De pronto tengo que hacerme cargo no sólo de mis pensamientos, de las necesidades más inmediatas, y me doy cuenta de que había olvidado cómo cocinar con cierta demora y oportunidad, del placer que entraña hallar en la pobreza de los ingredientes un platillo que seguro no se repetirá.
Atrás, personas que amo, silencio en mi cerebro o me son indiferentes. ¿Y delante? Crusoe construyó una cerca para proteger sus bienes –los restos del espléndido barco esclavista– antes de explorar la selva en la que había caído. Yo, menos audaz, que no he tenido miedo a viajar sino a encontrarme conmigo mismo, descubro que no importa qué pasillo de museo o avenida histórica recorra, la maravilla está en estar, tal como lo concibe Xirau, o Cees Nooteboom en su “Viaje a Surinam”: desde la perspectiva del ojo del huracán –en esa quietud envuelta por el movimiento y el caos.


Crónica publicada en la revista virtual Cooltour (http://www.cooltour.com.mx/objeto/rutas-Noche_de_viernes_en_Buenos_Aires/0)

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