viernes, marzo 15

Guía para perderse en la ciudad


Me encamino por calles que pasan a velocidad, ráfagas de arquitecturas desgastadas, pintarrajeadas; fachadas, portones y canteras de gamas azules y grises, amarillos desganados, motivos de lejano resplandor art déco, a bordo de la ruta 29. Cuando partí de la parada, señalada con un letrero de lámina que sobresalía un metro de la banqueta como pequeño árbol maltrecho, con una lista de todos los cruces de calles escritos a mano en el follaje de su tablero, estaba sorprendido de que hubiera servicio de transporte a esas horas, y además ignoraba que iba en la dirección equivocada.
Los trenes del subte habían ya lamido con sus ruedas las últimas vías de la jornada y no quedaba más remedio que buscar otra alternativa si deseaba seguir bebiendo whisky nacional en una mesa del bar Orsai, escuchando la lectura de poetas y narradores. Sobre todo, soportando al merolico que se hacía el gracioso y rifaba cepillos para bolear en los intermedios si algún incauto se había atrevido a participar escribiendo la misma frase dos veces y entregando uno de los papeles al embaucador… al presentador. De entre los ganadores, una de sus citas me llamó la atención, provenía del Aleph borgiano: “…para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil”.
Apenas era mi segunda noche en Buenos Aires. La primera la pasé descansando del viaje y habituándome a mi nuevo departamento de un ambiente en Palermo, a una cuadra de avenida Santa Fe. Marina Mariasch, una poeta y quien me alquiló el inmueble valiéndose del agradecible recurso de cobrarme lo mismo que costaba otro departamento en el Barrio Norte, decidió enviarme por correo las invitaciones de Facebook a dos eventos consecutivos.
A la del miércoles, la fecha de mi llegada, preferí declinar. Pero el jueves 28, en un mes de febrero que omitía el número 29, me encontraba más que dispuesto, recuperado. Además, el joven poeta chileno Víctor López Zumelzu, a quien no había visto nunca, pero había ya colaborado en la revista literaria que edito en México e incluso formaba parte del consejo consultivo, leería fragmentos de su libro “Guía para perderse en la ciudad”.
Entonces me di cuenta de que no tenía manera de tomar el subte porque olvidé cambiar algunos dólares en el aeropuerto, como me aconsejara un amigo director de cine, Fernando Domínguez, quien había prometido llevarme el fin de semana a venderlos todos al mercado negro. Me confié tanto que ahora estaba inmovilizado, dependiente de la tarjeta de crédito… lo que no funciona en absoluto si lo que se necesita es andar en metro.
La señora del expendio de junto al edificio me sugirió cambiar dólares en el súper de chinos que se encontraba a media cuadra, sobre Paraguay –la misma calle de mi edificio-. El día anterior ya había abastecido allí la alacena básica pagando con mi tarjeta de débito porque no aceptan las de crédito. De hecho, Marina me lo había recomendado por ser más barato y ofrecer lo mismo. De cualquier modo, a mí me pareció carísimo. Tuve que escoger pequeñas porciones de alimento y aún así la cuenta era exorbitante.
En fin que decidí cambiar dólares por pesos argentinos en el súper y quedé absorto cuando no me aceptaron ningún billete menor a los cien dólares –no podía reunir siquiera la cantidad con billetes de a veinte–, pero todavía más cuando un joven de corta estatura y músculos remarcados que intercambiaba palabras en chino con la cajera se negó a aceptar el billete de cien dólares que yo le extendía ya que, aseguraba, en China costaba mucho menos un billete con el retrato pequeño de Franklin que los más nuevos con la calva cabeza del mismo personaje a mayor escala. No pude hacerlo entrar en razón, y al fin regresé a mi depa en busca de un Franklin con la papada ampliada y cabello más escaso.
Llegué tarde a la lectura en el bar Orsai, en el 471 de Humberto Primo, aunque apenas empezaba. Creí distinguir a Víctor y me acerqué a saludarlo. Al poco ya estábamos brindando, conversando sobre amigos en común. Entre otras cosas, me advirtió que tuviera mucho cuidado de mencionar a ciertos poetas frente a otros, pues si en el 2000 habían sido amigos, ahora no podían ni verse a las caras. Además, era mejor omitir el hecho de que asistiría al taller de Arturo Carrera o al de Daniel Durand, no fuera que, como solía ocurrir en esta ciudad, me tomaran por un principiante.
–Las cosas –decía Víctor– no son como en México o en Chile, aquí no te toman en serio si vas a un taller, o luego se ponen celosos de que estés con tal o cual y no con ellos. Mejor di simplemente que vienes con beca de escritor.
Cuando le mencioné que entre otros vería a Matías Capelli, escritor con una prosa muy cercana a la fuerza expresiva de poetas como Martín Gambarotta, extrañado me dijo que los poetas en Buenos Aires no tenían mucho contacto con los narradores. Eran un mundo alterno, incombinable.
El merolico presentador alardeaba en el escenario de una gracia que a mí más bien me parecía que le hacía falta. Ya no recuerdo de qué, pues como el mismo Borges ha dicho, el olvido nos trabaja.
Víctor y yo hablamos del toluqueño Sergio Ernesto Ríos, de sus interminables juergas cuando estuvo en 2008 en Buenos Aires y luego en Santiago de Chile, de cómo la novia de Víctor los corrió de su depa a las tres semanas y tuvieron que hospedarse en casa de sus padres, que todavía preguntaban por Sergio; hablamos sobre uno de los grandes poetas chilenos, con tan sólo dos libros, Diego Maquieira, y uno de mis predilectos; del mexicano Julián Herbert y su nueva novela “Canción de tumba” y del chileno Héctor Hernández Montecinos, avecindado en Colima y con quien había bebido hacía tres días en Guadalajara, durante mi despedida en Los Molachos, las antiguas Escaleras.
Salieron a la conversación Timo Berger y el encuentro de poetas latinoamericanos Latinale organizado por él y Rike Bolte en Berlín, el encuentro de poetas Salida al Mar en 2005 en Buenos Aires, en el que tanto Vitoco como yo estuvimos sin conocernos; charlamos de cómo la última mesa –y memorable– de lectura había sido en la Iglesia de los Marineros Finlandeses, aquella vez en que compartí lectura con otro de mis poetas entrañables, Fabián Casas. Y de la obra de otros latinoamericanos que también estuvieron: Washington Cucurto, Miguel Ildefonso, Germán Carrasco, Gladys González, Roxana Crisólogo, Douglas Diéguez…
Una mesera con cuerpo de bailarina nos servía los tragos. Incluso nos platicó que había viajado para participar en una presentación de ballet a Ciudad Juárez, pero no había podido salir del hotel un solo día por razones de seguridad.
En todo esto pensaba cuando el autobús paró y el chofer se dirigió a mí señalándome que habíamos llegado al final del trayecto, a la última parada, nada menos que en el barrio de la Boca, uno de los más temibles para andar de noche, o a cualquier hora. El autor de “Guía para perderse en la ciudad” me había enviado en la dirección contraria a mi destino. Habíamos bebido, comido pizza y mirado a mujeres de risa fresca deambular entre la penumbra levemente iluminada del barrio de San Telmo en Buenos Aires, a las tres de la mañana. Nadie podía esperar demasiada lucidez. Y con todo, mientras hojeaba el libro de Víctor en el autobús, ya de regreso, gracias a que por piedad el conductor no me exigió monedas que no tenía, ahora sí rumbo a Palermo, me dije que tal vez había seguido la ruta correcta, que al fin y al cabo perderme siempre había sido mucho más entretenido.


Crónica publicada en El Informador (www.informador.com.mx/suplementos/2013/443121/6/guia-para-perderse-en-la-ciudad.htm)

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