domingo, marzo 24

Entre prensas y chapitas en el barrio Balvanera


Carta de Facebook a una amiga en Guadalajara
para Adriana Navarro

No sé cómo comenzar a describirte cómo me ha ido en Buenos Aires. Tengo ya una semana aquí y sería difícil revivir las distintas experiencias que me repito por la noche para no olvidar, o que medio describo en mi diario, a sabiendas de que muchos detalles me evaden. La terraza del departamento que alquilo en el barrio de Palermo, la calle Paraguay casi esquina con Carranza, enmarca las ramas de un cedro que no puedo dejar de contemplar y me tranquiliza. Cubre toda mi visión hacia el patio trasero del edificio mientras bebo abundante café y te escribo.
He estado paseando sin rumbo preestablecido por las calles de Baires (poco a poco me gano el derecho a llamarla así), acostándome tardísimo, durmiendo bastante y leyendo. Conseguí en un par de librerías de viejo de la avenida Corrientes unos relatos sobre viajes de Eugenio Montale, “Fuera de casa”; una novelita de José Bianco, “Las ratas”, que espero terminar hoy antes de ir en la noche por unas cervezas, y “El dueño del átomo” de Ramón Gómez de la Serna, un libro que me costó 20 pesos argentinos, con un aspecto que añeja, en el mejor de los sentidos, un título con pretensiones de actualidad: de color ámbar sucio, olor penetrante –firma el exlibris con letra manuscrita y sepia un tal Antonio en 1952.
También he visto a algunos amigos, entre ellos al poeta Daniel Durand. Para darte una idea de lo que hace, te transcribo de su libro “Ruta de la inversión” un poema entrañable que publicó en una revista tapatía que conoces:

Luz y oscuridad

Llego, entro, prendo la luz de la cocina
y sorprendo a las hormigas coloradas
puliendo los platos y cargando
todos los restos de comida.
No me molestan, pero mentalmente
las advierto sobre la superpoblación:
hasta ahora el ecosistema se mantiene.
Sin embargo, si consigo trabajo,
comeré más, vendrán amigos y mujeres,
habrá más restos, ustedes crecerán
y tendré que echar insecticida.
Sólo esta pobreza puede mantenernos
delicadamente unidos.

Fui al departamento de Daniel porque me convidó a cenar, allá por La Rioja y Venezuela. Aunque de origen provinciano –en Argentina, a diferencia de México, el adjetivo “provinciano” no suele usarse en tono despectivo por los de la capital–, en Concordia en el 64, pero al parecer vive desde hace mucho en Buenos Aires. Como es mi costumbre, me perdí un poco antes de llegar a su depa, así que pude deambular y observar las fachadas antiguas del barrio –entre papeles tirados, cáscaras de fruta y bolsas de plástico–, rodear algún par de hombres en harapos sentados con desparpajo en el suelo, botella en mano y cargando un diálogo contra seres imaginarios frente al hospital. Curiosamente, el kiosko-locutorio desde el que le hablé por teléfono para orientarme estaba justo frente a su domicilio.
Una vez traspasando la reja de la entrada –tomé una foto a sus detalles afrancesados– para llegar al departamento de Daniel hay que atravesar un pasillo largo, de unos veinte metros, tipo túnel del subte pero más estrecho, subir unas escaleras y toparse, en el rellano que sirve de pequeño vestíbulo, con una enorme prensadora de libros. Ya eso empieza a decir mucho de un poeta que se ha dedicado a publicar títulos memorables sin tener que tocar las puertas de ninguna editorial comercial.
Conversamos sobre sus impresiones de poetas argentinos y sobre México, de cómo lee tanto a amigos como a enemigos, y la gran cantidad de becas que hay en nuestro país para los artistas, algo muy poco común en el sur. Ah, y me dio un dato que no debe olvidárseme: acaba de publicar aquí Miguel Ángel Petrecca una antología de poetas chinos contemporáneos que he de conseguir a toda costa. El mismo Daniel ha estudiado algo de chino, y por cierto que hay chinos por dondequiera, haciendo negocios –de cualquier modo, lo que más abunda en su barrio de Balvanera son peruanos y paraguayos.
Bajamos al kiosko de enfrente para comprar unas Quilmes de a litro y en las noticias aparece la efigie del presidente venezolano Hugo Chávez. Daniel me pregunta:
–¿Sabías que había muerto? Yo apenas me entero.
Apenas si nos miramos, guardamos silencio por cinco segundos, pagamos y subimos a cenar.
Le conté entonces de mi viaje a China, de cómo me extravié en el Hupong o barrio antiguo, y él me habló de que uno de los poetas que más lo han emocionado, además de Wang Wei y Li Po, es Tu Fu, de allá por el año 800, a quien intentó traducir enfrascándose en una empresa poco redituable con un grupo de comensales dispuestos a identificar caracteres extraños en el océano infinito del diccionario –en dos o tres sesiones lograron descifrar cinco ideogramas de un verso. El resultado, a la larga: esa antología de poetas chinos contemporáneos preparada por uno de sus amigos y de la que platiqué más atrás, “Un país de metal”. Daniel tiene una excelente memoria sincrónica: sitúa los poetas que admira respecto al tiempo en que vivieron, estableciendo fronteras temporales entre ellos y en contraste con la actualidad. No suele leer novelas.
Como parte de las Ediciones del Diego que hace este poeta, leí hace años un libro pequeñito, “La zanjita” de Juan Desiderio. Ahora –me comenta mientras bebemos unas Quilmes de dos litros y un ceviche peruano que daría hasta para otro par de invitados– se dedica a su colección Chapita. No está de más contarte la curiosa forma que le llevó a llamarla así. Resulta que los argentinos llaman chapita a lo que en México conocemos como corcholata, y en una ocasión cierta chapita se coló en la máquina y quedó prensada en la portada de un libro. A Daniel y a sus talleristas les encantó, y así inició una colección singular con gran variedad de chapitas en sus portadas.
Me dice –en tanto miro las distintas máquinas de prensa antiguas dispersas en rincones estratégicos de su depa, una vasta colección de tipografías de madera y de metal, impresoras y lingotes de prensa– que no sale a ningún lado, es un ermitaño que sólo recibe visitas de vez en vez. Le agrada hacerse cargo del proceso editorial de principio a fin, desde la escritura o su revisión hasta el armado final a mano y la distribución entre allegados. Así pasaron un par de horas, hasta que salimos a la azotea que sirve de terraza a su depa, fumamos, miramos las estrellas –Daniel es un gran conocedor de constelaciones– y recordé que debía regresar antes de que la ruta 41 dejara de pasar.
No hubo más remedio, al final tomé en La Rioja un taxi a Palermo y dormí como lirón apenas cayó mi cabeza sobre la almohada.


Crónica publicada en El Informador:

http://www.informador.com.mx/suplementos/2013/453908/6/entre-prensas-y-chapitas-en-el-barrio-balvanera.htm

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