domingo, marzo 17

El cardenal Bergoglio gana la Copa del Mundo




En una de las multitudinarias fotos retocadas que se dispersaron por las redes sociales, aparece el cardenal Jorge Bergoglio, hoy Francisco, sosteniendo, en lugar de la característica, la copa del mundial de futbol, con rostro de campeón.

Y no sólo esa foto hace sonreír a más de uno, pero con cierta religiosidad futbolística –que es también patriótica– en Buenos Aires. Otra imagen destaca la trilogía divina del gran Maradona como el padre, Messi como el hijo y Bergoglio como el espíritu santo. Otra más a Maradona vestido de cardenal junto al nuevo papa, tocándole el hombro con la mano de Dios, aquella misma que diera el gol a Argentina frente a la Gran Bretaña que les jugó mal en las Malvinas.

Un comentarista del canal 26 dice al aire:

–Somos los mejores del mundo y nos gusta bromear con ello. A nosotros nos causan mucha gracia estas puntadas, pero he sabido que no a los habitantes de otros países.

Transmiten por la televisión local una entrevista con Abraham Skorka, el rabino amigo de Bergoglio, representante de una de las comunidades más numerosas de judíos en América, radicada en esta ciudad porteña; “el fin del mundo”, diría Bergoglio.

Un taxista se quejaba conmigo amargamente cuando llegué a esta urbe de ocho millones, mientras avanzábamos lentamente a través de la densidad del tráfico:

–Esta escuela que vamos pasando es judía (íbamos en el cruce de las calles Israel y Palestina). Si tú te quieres estacionar en uno de esos lugares sin ser judío, te quitan al instante.

Jorge Bergoglio era ya considerado uno de los hombres más poderosos de la Argentina. Se sabe de sus relaciones tensas con el ex presidente Néstor Kirschner, quien lo consideraba el verdadero poder de la oposición concentrada en un solo hombre, y que la presidenta Cristina evitaba cualquier contacto con él desde 2010.

Cuando supe de la noticia era el primer día de frío otoñal en la ciudad, miércoles, alrededor de las seis de la tarde. Tomaba refresco con una amiga en un café situado en diagonal al Congreso, justo donde termina la avenida Entre Ríos y comienza Yrigoyen. Le llamaron por celular a Anita para darle la noticia:

–¿En serio? ¿Ganó Bergoglio? ¿Pero cómo puedes decir que eso es bueno para la Argentina? Yo creo todo lo contrario. –Su expresión es de suma sorpresa. Cuelga para no dejarme esperando, y como si continuara la conversación telefónica, ahora conmigo, me explica:

–El nuevo papa es el cardenal de Buenos Aires. Mi amiga cree que es una buena noticia, pero es conservador. Y a mí me cae muy bien Cristina, es mi ídolo. Soy peronista.

–¿Y en qué consiste ser peronista?  –pregunto.

–Mmm, eso sería muy difícil de explicar, es muy complejo.

Anita me habló con pelos y señales de la historia argentina, donde son ineludibles los sufrimientos por las dictaduras.

Se leía en la prensa que los sermones del cardenal Bergoglio le causaron un distanciamiento considerable con la cúpula política del país. Atacó la corrupción desde el púlpito con energía, aunque también se opuso a la legalización del matrimonio gay en el país.

En el canal 26 entrevistaron al ex embajador argentino en el Vaticano. Zanja el periodista la cuestión, pregunta si Jorge Bergoglio entregó al gobierno de Videla a dos de sus jesuitas para que los torturaran. El cardenal, que era reacio a las entrevistas, en una ocasión lo negó diciendo que, al contrario, los había ayudado. El ex embajador responde:

–¿Le puedo decir algo sin que se moleste, a usted que es un profesional?

–Sí, por supuesto.

–No nos metamos en esas estupideces.

–¿Pero es verdad lo que dicen?

–No lo sé. Pero debemos ver hacia el futuro. Tenemos un papa argentino, ¿ves?

No hubo otra noticia en la televisión más que la vida personal del nuevo papa al que los argentinos no podían, por costumbre, llamar Francisco I. Que si era hincha del San Lorenzo, que si de niño vivió en el barrio de Flores, y una anciana orgullosa en el primer plano mencionaba cómo Jorge le había enviado una carta diciendo que si no se casaba con ella se iría de cura.

Y es el cardenal que tomaba el subte para ir a su Catedral, el que daba misa a los cartoneros en el barrio de la Constitución, el que prefería a los pobres y se había hecho su anillo sacerdotal con el oro que fundió con las pocas joyas de sus padres.

Toda emotividad son las noticias. Sólo una mancha del tamaño de un esférico en el campo de la política nacional causa inquietud, un tumor que si es maligno podría devorarlo todo.

Al siguiente día de los festejos, frente a la Plaza de Mayo y la Casa Rosada donde la presidenta tiene sus oficinas, la prensa de todo el mundo usaba de telón de fondo las columnas de la fachada catedralicia de estilo neoclásico decimonónico. Las comentaristas se peinaban con la mano y esperaban a que el productor les diera permiso de hablar.

En las escaleras de entrada a la Catedral y a los costados, algunos mendigos se cubrían con mantas del frío incipiente, hacían improvisadas casitas de campaña y, azorados, huían de los molestos periodistas que intentaban rascar alguna toma del paisaje una vez que la celebración había llegado a su fin. Las tomas del día después, como si esperaran que los ancianos, niños que vendían estampitas de la Virgen entre vagones, las mujeres en traje sastre y los deportistas volvieran a repetir la toma en que regresan de la Catedral como de un partido de futbol.

Un grupo de turistas alemanas se toma fotos en la Plaza de Mayo, las vallas negras detrás de ellas, con la Casa Rosada de fondo, tienen pintas con frases como: “¿A QUIÉN PROTEGEN ESTAS VALLAS SI LOS MUERTOS SON DEL PUEBLO?”.

Otra pinta en el suelo de la Plaza de Mayo, casi para llegar a la Catedral, en la esquina con Rivadavia, dice: “Fuera la Iglesia pedófila”. Las turistas se abrazan y parecen hablar sobre las camionetas de televisoras que cubren la acera.

Me acerco a la Catedral y veo a unos vendedores de broches con la estampa de Francisco –las tablas que las sostienen están forradas por “remeras” (playeras) de la selección argentina. Compro unos cuatro, con descuento, para mi mamá y mis tías en Cocula. De pronto un joven con una cámara de video me dice “Perdón” y noto por su sonrisa de logro que mi transacción ha sido para él la toma de la noche. Después los vendedores posan y muestran la variedad de broches, entre los que sobresalen los del papa argentino, enmarcados por un círculo azul cielo.

Regreso a casa por la línea verde D, la estación Catedral, entre porteños que atestan el tren, con una expresión de fastidio. Quién sabe si en ese momento, al balancearse los vagones en una curva, les llegue a uno que otro alguna imagen como ráfaga, algún recuerdo del ahora Francisco, el papa argentino, sentado y distraído en uno de esos asientos donde alguien hojea un libro, se sumerge en la música de sus audífonos o consulta entre apretones el mensaje de una novia en su iPhone.


Crónica publicada en El Informador (http://www.informador.com.mx/suplementos/2013/444812/6/el-cardenal-bergoglio-gana-la-copa-del-mundo.htm)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario