sábado, enero 21

Las tribulaciones de un tapatío en China




Hace algunos años me perdí en Beijing. Es verdad que no es el primer lugar en que me pierdo, que de hecho si no me pierdo en la vida o en cualquier ciudad o esquina, si no demuestro un poco de mínima desorientación, es como si no hubiera salido nunca de casa. Tampoco está de más decir que también en casa me pierdo.
Seguramente mi madre extravió su brújula biológica cuando me gestaba en su panza, o tal vez no sabía lo que hacía, o cruzaba por un momento crítico en su existencia o miraba distraídamente una lúdica película de Mr. Bean. Pero volvamos, si no al punto de partida sí al del vacío donde comenzó la confusión en esa lejana tierra de Confucio.
Era el primer día de mi estancia en China. Llevaba bajo el brazo un librito de Julio Verne, Las tribulaciones de un chino en China que finalmente leí durante el mes que deambulé por tierras orientales, al igual que Kin-Fo, su protagonista. Con sorpresa no sólo mi tren de viaje me llevó por lugares en los que el desfalcado chino puso el pie, sino que los dos estábamos por cumplir 33 años y por una u otra razón, huíamos.
Hacía calor ese verano, a finales de mayo. Y quien sepa un poco del argumento de la novela recordará que Kin-Fo se trasladaba de ciudad en ciudad para evitar que se cumpliera su autoimpuesta sentencia de muerte, que tenía por fecha límite el día de su cumpleaños. El mismo día que cumplo yo, por cierto, el 25 de junio.
Sólo que en mi caso yo no tenía a un asesino profesional tras de mí. Conociéndome, no era necesario. Simplemente seguí mis instintos, platiqué con una joven y linda china en la plaza Tiananmen, que me dio su teléfono y varios consejos en inglés. Cuando menos imaginé, había pasado la hora en que quedé de reunirme con mis compañeros de viaje.
En vano los busqué. Entonces decidí hacer mi propia incursión. Después de todo tenía en el bolsillo la tarjeta del hotel.
Con estupor me di cuenta de que dominar las cinco frases de mi guía del inglés era completamente inútil en China. Experimenté, en carne viva y no sin amargura, el significado del famoso dicho: me hablaban en chino.
Intenté comunicarme con unos guardias que me ignoraron. Fuera de una madre y su hija que hicieron lo imposible por interpretar mis gestos y de unos estudiantes que se apiadaron de mí y marcaron desde su celular infructuosamente, me vi rodeado de la más absoluta incomprensión.
Pero estaba decidido a no dejar pasar mi primer día en ese país fabuloso. El conductor de un gastado taxi-triciclo se acercó a mí y me ofreció –a señas– sus servicios. Como me di cuenta después, recorrimos el hutong, el barrio antiguo, pletórico de callejones irregulares y casas con idolillos de la buena fortuna en sus tejas desvencijadas.
El hombre pedaleaba y sudaba por el esfuerzo pero no dejaba de sonreír con unos enormes dientes amarillos y de platicarme sabrá dios de qué.
Me mostró una casa por dentro, llena de ropa tendida y niños en pelotas que corrían de un lado a otro, y un pequeño museo. Luego se detuvo ante una construcción de piedra más grande que el resto. En la puerta esperaba una mujer de mediana edad, vestida con hanfu, algo así como un kimono, y sandalias.
El conductor se apeó y le habló con reverencia, en voz muy baja. Me hicieron señas de que los siguiera, y lo hice, no sin cierta reserva, listo para echar a correr en cualquier momento. Por dentro había mesas y sillas, aunque ni un alma.
La duela de madera crujía bajo nuestros pasos. Al llegar a una habitación, la mujer le ordenó al conductor que no entrara, al tiempo que me señalaba un banquito al interior.
Por el pasillo apareció un anciano sin un diente, armado con un instrumento de cuerdas. La mujer le sonrió con ojos cómplices y sacó de entre los pliegues de su vestido un pandero con el que acompañó los acordes del viejo. Cantaban con voces destempladas y antiguas.

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