domingo, junio 20

Elogio de las calles


Una de las sensaciones que me han salido al paso al caminar la ciudad es de extrañeza al ver cómo los nombres de las calles componen una auténtica y en ocasiones no muy memorable red social. Es irónico, por ejemplo, que Hernán Cortés no haya bautizado ninguna calle y que Nuño de Guzmán, su epígono, el conquistador de la Nueva Galicia (de mala recordación por las hordas de indios que masacró con ejemplar crueldad), sí. Lo cierto es que Nuño de Guzmán está fuera de lugar, en la colonia Americana, tan quitado de la pena mientras cruza como si nada con Libertad y La Paz… Ya por el rumbo, cada que deambulo por la Severo Díaz Galindo pienso en este sacerdote que gustaba de las cosas del cielo con un sentido científico y pragmático. No hace mucho se publicó una biografía suya que ha de caer pronto en mis manos. Severo Díaz fue un gran astrónomo de la primera mitad del siglo XX, cuando en efecto las orillas de la ciudad lindaban con esa altiva Minerva que dejó de custodiar la entrada a la “sabia” Guadalajara para mirar las grandes distancias sociales entre los tapatíos, mientras da la espalda a una obra que arquitectos de la Escuela Tapatía como Luis Barragán, Pedro Castellanos o Rafael Urzúa dispersaran por la metrópoli con un estilo que crearía época... ¿Estos arquitectos tendrán calle? No, y en su mayoría son anónimos pero su filosofía del habitar se contagia… Al menos uno de ellos, si no nombra una calle, en cambio –para bien o para mal– marcó la urbe con su cruz de plazas: Ignacio Díaz Morales, el fundador de las carreras de arquitectura de dos universidades y constructor del extemporáneo Expiatorio, etc., etc. Ah, y para alejarnos un poco en el espacio y en el tiempo, no es menos misterioso que en la primaria celebremos con bombos y platillos el desfile triunfal del Ejército Trigarante en tanto la azarosa urbanística relegue a su general Iturbide a calles periféricas de la zona metropolitana, o bien, trasladándonos con velocidad hacia el centro histórico de Guadalajara, a una calle que cuida de no ponerse en el camino ni de Morelos ni de Hidalgo (lo que no resulta con la calle de idéntico nombre en Zapopan, que finalmente se topa de boca con Aldama, una de las cabezas insurgentes que su bando combatió y que, bien sabemos, finalmente compartiera esquina con Hidalgo en la Alhóndiga de Granaditas). El hecho es que, como en un poema de Cavafis, o para mencionar uno más cercano, otro entrañable de Javier Acosta, parece que de vez en vez caminamos la misma calle Hidalgo (por mencionar una omnipresente en México) en ésta o en otra ciudad, en uno o en otro pueblito o en nuestra mente apenas… Es curioso caminar y toparse con calles que nombran a personas de carne y hueso, que respiraron e hicieron otras cosas atribuibles a la especie en los mismos espacios que recorremos ahora con más o menos pericia. Es extraño, es en cierto modo asombroso, que ideologías amigas y enemigas, épocas distantes entre sí, inexplicables ausencias y sintomáticas presencias, se entretejan en una paradójica red social que describe en sus vericuetos nuestras filias y fobias, nuestras propias visiones antagónicas.


Artículo publicado en La Zona núm. 12, julio de 2010.

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