domingo, mayo 2

Domingo en blanco


¿Cuál es la gracia del domingo? Lo esperamos ansiosos en tanto transcurre el espectro de tonalidades durante el resto de los días de la semana. Trabajamos sin casi descanso con tal de respirar su atmósfera liviana, nos imaginamos cubiertos de cobijas hasta el mediodía, acojinados, enervados entre osos de peluche, desayunando chilaquiles en la cama, rebobinando la cinta de viejas películas con el control remoto, mirando la revista que nos llegó por correo, un telegrama u hojeando un libro ligero de ciencia ficción.
Esperamos el domingo como los niños a su postre luego de haber sido obligados a comerse las verduras. Queremos recuperar la energía gastada en las oficinas, insuflar el cuerpo deteriorado por la cruda y la desvelada del sábado, hacer una pausa entre una vida que no termina por realizarse, por sernos real, por idealizarnos, y en la que es difícil siquiera cavar un túnel como otra alternativa de escapatoria en una isla inhabitable.
¿Y todo para qué? Después hay que volver a empezar, hacerse a la idea de que pasada la advenediza gloria del domingo volveremos a ser engendros acelerando, deslizándonos en zigzag entre la bárbara invasión de autos que encorcha las avenidas de la ciudad, primates con traje y corbata enarbolando sus laptops en medio del zoo.
El domingo es la suma de todos los colores del espectro (un espectro, un fantasma de verdad): blanco, un inmenso estar en blanco, un monólogo interminable, infinito, consecutivo, un repetido y lineal blanco que nos rodea y nos oprime, nos enferma mientras nos adherimos a él como camaleones.


Artículo publicado en La Zona núm. 11, junio de 2010.

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