miércoles, diciembre 1

En las trampas de la Antártica


Cada día es una invitación a andar inválido como una cuchara chueca. Las pesadillas me remiten a instantes calcinados en la nuca, admoniciones que se petrificaron como hielo en los perejiles del atardecer bajo un cielo raso como un desertor soldadito de plomo. No quisiera ser quejumbroso pero el toldo de las nubes es una feliz plancha de acero que acabará conmigo como con un pingüino soez que ha ido cayendo en todas las trampas de la Antártica.


Poema publicado en Metrópolis núm. 31, enero de 2011.

lunes, noviembre 15

Calaverita Latinale 2010

La Hueca en la Latinale
rapeó con Nim Alae
(por el lleno en el Cervantes
hasta se quitó los guantes).
Acabó con el slam
de la Rery y Nicolá.
Con Alan de Guatemala
bien fumó como si nada.
Su ritmo era el de Cibeles,
el de Mayra Santos-Febres.
Le tomó foto a Ezequiel
–viva, se prendó de él.
a Lalo dio su amistad
por ser experimental.
Judith la vio en la cumbre,
plena de nostalgia y lumbre.
Entre cuates de repente,
saludó a Carlos Vicente.
Generosa con las Lauras
sí que presintió sus auras:
a Erber en portugués
susurró una y otra vez,
a Lovob sopló helada
hasta dejarla morada.
Esa noche de Berlín
segó al fiel Benjamín,
a Lina sus aventuras
relató con gran soltura,
a Dagatti y Julia Kratje
les mostró su nuevo traje
(se lo probó con Milagros
en dos o tres escenarios).
Le silbó a Pablo Thiago
música de Caetano.
Y no le dejó sacar
más acordes a Dacal
(se lo quería quedar).
Con esta excelente copla
brinda la que se acopla
(saben Carlos y Raúl
del negro velo de tul):
se vestía con buen tino
para ver a Rike y Timo.
Todos sean bien servidos.

domingo, octubre 10

Una calle como cualquier otra

Hace 34 años mis papás construyeron su casa en una calle como cualquier otra de la Guadalajara que empezaba a invadir los famosos maizales de la Villa de Zapopan. La colonia Prados de Guadalupe integraba lo mejor de las opciones clasemedieras: familias incipientes comenzaron a poblarla muy poco a poco, sin pretensiones y con un cálido sentido de comunidad.
La casa de mis padres fue la segunda en ser habitada en Arcángelo Corelli, después de la de Doña Mago, una señora mayor que haría de nana para varias generaciones de niños, dándonos siempre a probar sus deliciosos platillos de cocinera profesional.
Era el tiempo en que jugábamos a las escondidas en las casas en obra negra, encantados, policías y ladrones, nos deslizábamos en patines o prendíamos fogatas en los baldíos, antes de enfrascarnos en un futbol que acabaría con muchas ventanas y paciencias.
Los jóvenes que llegaron por primera vez a esa calle con el nombre de este excelente violinista italiano que tanto influyera a Bach y a Händel ahora son abuelos, aunque otros tantos se han mudado o de domicilio o de mundo.
Y es en mi Arcángelo Corelli donde he experimentado un desgaste que entreveo en muchas de las colonias tapatías. Los vecinos ya no procuran saludarse como antes: encerrados en cajas de ladrillo y metal, miran de reojo y evitan establecer algún contacto que les impida su ansiado aislamiento.
La gran mayoría de los enormes pinos que dieron sombra a nuestra infancia han sido talados y los jardines sustituidos por cemento, dejando en su lugar un paisaje desolado. Los autos sobre las banquetas se multiplicaron como por generación espontánea y ni siquiera es posible saber si algún flautista de Hamelín se robó a los niños o permanecen embebidos en la virtualidad de sus X-Box al fondo de sus cuartos.
Ya hasta un horrible casino se apoltronó en la colonia y la Guía Roji ha omitido el nombre de Prados de Guadalupe, como si se tratara de un pueblo fantasma.
En la actualidad sería imposible andar en bicicleta o armar porterías con ladrillos. Ni balones, ni señoras enfadadas, ni postes con pintas de niños que adoraban a ciertas niñas.
Con todo, todavía hay un dejo de esa calidez que permanece en el aire como un recuerdo que la memoria no termina por desechar, como cuando nos reuníamos a media calle para representar nuestras obras de teatro con títeres, cuando algunos vecinos gustaban de ver la vida en ebullición bajo los grandes pinos y de la saludable gritería de los más pequeños.

miércoles, septiembre 29

Escuchar la musiquita

Un argentino librito, El spleen de Boedo, está dedicado por Fabián Casas a los lectores de poesía que no escriben poesía. Él mismo había pasado por un periodo en que fue incapaz de “escuchar la musiquita”.
Cuántos de nosotros no hemos escrito una y otra vez poemas (por ejemplo) que no irán más allá de una servilleta, de un archivo de Word en la papelera, un cuaderno de apuntes. Y está bien que ahí se queden, pero también cuántos no han experimentado cómo esa grave, intermitente, sutil o hasta bonachona vocecita interrumpe su transmisión.
Son los largos o cortos o nunca vividos (por algunos) momentos de espera, de incertidumbre y también de fe. No todos los viven igual. Lo cierto es que nadie puede planificar la renovada puesta en marcha de esa maquinita de sonido haciendo de las suyas en los recovecos del cerebro de Broca.
Hay quien descarta de plano volver a ensuciarse las manos de tinta o ensayar su ritmo con el pulso del teclado. De otros se apodera la angustia. Mantras, yoga, limpias, psicoanálisis, lecturas de cartas, sesiones espiritistas, talleres literarios, cursos de cocina se dan de topes con el irreversible paso del tiempo no vivido que describía Ramón Xirau. Tiempo fracasado.
Aunque: lectores somos. La musiquita de otros llena las más veces esa necesidad personal de sintonizar con algo de uno mismo. Aquella asombrada melodía, esa entonación o puesta en escena o atenta consciencia nos la comparte un desconocido a quien de pronto reconocemos, nosotros de múltiples caras y ninguna verdadera, no entonces.
Como si uno hubiera perdido la capacidad de ver a través de las paredes, viajar en el tiempo o correr a la velocidad de la luz. Hasta que los superpoderes regresan. Y con ellos (¿no, Capote?) también el látigo.

domingo, agosto 8

Sordera

Nunca me había sentido tan alarmado. Desde hace más de un año desconocidos hablan a mi casa preguntando por un tal Carlos Sordo. Yo me llamo Carlos, Carlos Vicente, pero ¿sordo? Soy sumamente distraído, según atestiguan fieles amigos. Y con todo, ¿qué torpeza habré cometido para que me confundan con Carlos Sordo? Cada día levanto el auricular de tres a cuatro veces para aclarar que no soy Carlos Sordo: a las siete de la mañana, a las doce, a las cuatro pe eme y a infortunadas horas de la noche. Me ha dado por contestar con voces distintas en cada ocasión, representar el personaje de la abuelita enferma, el primo pocho, la secretaria congestionada, la señora del aseo, el aguador... Eso, una vez que me resigné y dejé de perder la compostura y de recordar que incluso los desventurados telefonistas tienen madre. Telefonistas. Me han dado sus nombres y me es imposible retenerlos. Los primeros cuatro meses me fueron especialmente alergénicos: hablaban de Banamex y querían que yo fuera Carlos Sordo a como diera lugar. Cuando el hartazgo venció mi paciencia y mi retahíla de voces maltrechas me comenzó a sonar repetitiva, me dirigí a la sucursal del banco más cercana a mi domicilio, allá por Arboledas. Me atendió un gerente de pequeña estatura e inteligencia que se identificó con una tarjeta tachada con pluma y que exhibía el nombre de Sergio Lamas. Mi solicitud de aclaración se enlamó en su escritorio. La segunda vez que fui a su oficina sacó de un cajón mis papeles, los papeles que comprobaban –hasta a mí mismo a esas alturas– que yo no era Carlos Sordo. El hombrecillo marcó un teléfono, saludó con gran efusión a su compadre, se pusieron al corriente de sus flácidas vidas por más de diez minutos mientras yo esperaba sentado en un incómodo banquillo, y luego, por fin, me prometió que borrarían mi teléfono de su sistema. Respiré aliviado. Dos semanas después hablaban de nuevo y ferozmente a mi casa de parte de ese banco que ya ni es nacional ni mexicano. Desesperado, me comuniqué a su programa Queremos Escucharte, aunque de nada sirvió nuestro nutrido envío de mails e identificaciones. Mi línea telefónica fue tomada por asalto, congestionada por el bufete de abogados Milla y Asociados durante un prolongado y accidentado intercambio de pareceres que no nos llevaba a ningún lado. Ellos alegaban que yo era Carlos Sordo. Yo, hacía como que no escuchaba. Pasó medio año más y entonces Temores y Asociados prosiguió con el caso. Hasta hoy parecen estar convencidos de que soy Carlos Sordo. Tantas personas no pueden estar equivocadas.


Publicado en La Zona núm. 14, septiembre de 2010.

miércoles, agosto 4

Una constante en el paisaje



Cuando era chico me gustaba ver cómo los faros encendidos de los autos se reflejaban en los cables eléctricos. Avanzaban por los hilos como pequeñas arañas luminosas y se desvanecían con el tráfico. Parecía como si la electricidad cobrara forma visible. Un efecto óptico absurdo si se piensa, pero a un niño eso no le importa.
Los cables son una constante en el paisaje. Son como redes tendidas de un lado a otro en un mar de ruidos, un compás de pulso arrítmico a lo largo de callejones, barrios, comunidades al margen de la aglomeración metropolitana. Y más allá, se extienden como un complejo entramado de líneas intentando sustituir el horizonte.
En una ciudad azarosa como Guadalajara, con los autos revoloteando como abejas entre avenidas y calles estrechas, casas derruidas, la linealidad de los cables nos da una pauta, un bosquejo de geometría donde reposar los ojos como los zanates que de ahí se cuelgan a observar nuestro revuelto trajín.
Sus tejidos penetran lo más íntimo entre las paredes de nuestras casas y hacen girar el plato del microondas para que los ingredientes de la pizza tomen la última forma que gustará el paladar, acondicionan el aire agobiado de mosquitos renuentes, emiten historias fabulosas por la pantalla del televisor, nos empujan a deshoras con su artificiosa luz a esa otra dimensión donde las letras de los libros se transforman antes de desvanecernos en el sueño… en fin, son un tendido neurálgico más que un puñado de cables.
No sólo esquematizan nuestra vista del cielo, cortan las nubes o enmarcan estrellas. Unen puntos dispersos de la ciudad, la dotan de nervios, de sentidos, de riesgos. Son algo así como la otra cara de los túneles que por debajo de nuestros pies bullen de vida y desperdicios.

domingo, junio 20

Elogio de las calles


Una de las sensaciones que me han salido al paso al caminar la ciudad es de extrañeza al ver cómo los nombres de las calles componen una auténtica y en ocasiones no muy memorable red social. Es irónico, por ejemplo, que Hernán Cortés no haya bautizado ninguna calle y que Nuño de Guzmán, su epígono, el conquistador de la Nueva Galicia (de mala recordación por las hordas de indios que masacró con ejemplar crueldad), sí. Lo cierto es que Nuño de Guzmán está fuera de lugar, en la colonia Americana, tan quitado de la pena mientras cruza como si nada con Libertad y La Paz… Ya por el rumbo, cada que deambulo por la Severo Díaz Galindo pienso en este sacerdote que gustaba de las cosas del cielo con un sentido científico y pragmático. No hace mucho se publicó una biografía suya que ha de caer pronto en mis manos. Severo Díaz fue un gran astrónomo de la primera mitad del siglo XX, cuando en efecto las orillas de la ciudad lindaban con esa altiva Minerva que dejó de custodiar la entrada a la “sabia” Guadalajara para mirar las grandes distancias sociales entre los tapatíos, mientras da la espalda a una obra que arquitectos de la Escuela Tapatía como Luis Barragán, Pedro Castellanos o Rafael Urzúa dispersaran por la metrópoli con un estilo que crearía época... ¿Estos arquitectos tendrán calle? No, y en su mayoría son anónimos pero su filosofía del habitar se contagia… Al menos uno de ellos, si no nombra una calle, en cambio –para bien o para mal– marcó la urbe con su cruz de plazas: Ignacio Díaz Morales, el fundador de las carreras de arquitectura de dos universidades y constructor del extemporáneo Expiatorio, etc., etc. Ah, y para alejarnos un poco en el espacio y en el tiempo, no es menos misterioso que en la primaria celebremos con bombos y platillos el desfile triunfal del Ejército Trigarante en tanto la azarosa urbanística relegue a su general Iturbide a calles periféricas de la zona metropolitana, o bien, trasladándonos con velocidad hacia el centro histórico de Guadalajara, a una calle que cuida de no ponerse en el camino ni de Morelos ni de Hidalgo (lo que no resulta con la calle de idéntico nombre en Zapopan, que finalmente se topa de boca con Aldama, una de las cabezas insurgentes que su bando combatió y que, bien sabemos, finalmente compartiera esquina con Hidalgo en la Alhóndiga de Granaditas). El hecho es que, como en un poema de Cavafis, o para mencionar uno más cercano, otro entrañable de Javier Acosta, parece que de vez en vez caminamos la misma calle Hidalgo (por mencionar una omnipresente en México) en ésta o en otra ciudad, en uno o en otro pueblito o en nuestra mente apenas… Es curioso caminar y toparse con calles que nombran a personas de carne y hueso, que respiraron e hicieron otras cosas atribuibles a la especie en los mismos espacios que recorremos ahora con más o menos pericia. Es extraño, es en cierto modo asombroso, que ideologías amigas y enemigas, épocas distantes entre sí, inexplicables ausencias y sintomáticas presencias, se entretejan en una paradójica red social que describe en sus vericuetos nuestras filias y fobias, nuestras propias visiones antagónicas.


Artículo publicado en La Zona núm. 12, julio de 2010.

domingo, mayo 2

Domingo en blanco


¿Cuál es la gracia del domingo? Lo esperamos ansiosos en tanto transcurre el espectro de tonalidades durante el resto de los días de la semana. Trabajamos sin casi descanso con tal de respirar su atmósfera liviana, nos imaginamos cubiertos de cobijas hasta el mediodía, acojinados, enervados entre osos de peluche, desayunando chilaquiles en la cama, rebobinando la cinta de viejas películas con el control remoto, mirando la revista que nos llegó por correo, un telegrama u hojeando un libro ligero de ciencia ficción.
Esperamos el domingo como los niños a su postre luego de haber sido obligados a comerse las verduras. Queremos recuperar la energía gastada en las oficinas, insuflar el cuerpo deteriorado por la cruda y la desvelada del sábado, hacer una pausa entre una vida que no termina por realizarse, por sernos real, por idealizarnos, y en la que es difícil siquiera cavar un túnel como otra alternativa de escapatoria en una isla inhabitable.
¿Y todo para qué? Después hay que volver a empezar, hacerse a la idea de que pasada la advenediza gloria del domingo volveremos a ser engendros acelerando, deslizándonos en zigzag entre la bárbara invasión de autos que encorcha las avenidas de la ciudad, primates con traje y corbata enarbolando sus laptops en medio del zoo.
El domingo es la suma de todos los colores del espectro (un espectro, un fantasma de verdad): blanco, un inmenso estar en blanco, un monólogo interminable, infinito, consecutivo, un repetido y lineal blanco que nos rodea y nos oprime, nos enferma mientras nos adherimos a él como camaleones.


Artículo publicado en La Zona núm. 11, junio de 2010.

sábado, mayo 1

Caminar: palabra por palabra


Confieso que a mí mismo me hartan aquellos que no escriben sino del mismo acto de escribir. Después de todo uno siempre regresa los pasos para ver cómo llegó a adoptar ese oficio no pocas veces grato pero también agujereado de ingratitudes. Bueno, es un decir, también las desavenencias aportan un sano ingrediente malsano a ese cohabitar con la página de papel o electrónica que refleja una blancura difícil de soportar. No siempre se está listo para enfrentar el silencio -verlo reflejado, enmarcado, limitado, concentrado en una pantalla.
Hace muchos meses que no escribo, así que por lo pronto a mí me parece por completo natural empezar a juntar líneas preguntándome por qué no he tasajeado con palabras la insoportablemente blanca página electrónica. Resulta que uno no quiere repetirse pero cuando toma el teclado finalmente pareciera también retomar el hilo que dejó pendiente cuando decidió no continuar caminando en círculos.
Caminar es la clave: el ritmo empuja a darse cuenta de que el vacío es sólo una catapulta para continuar caminando, generando otros vacíos, avanzando hacia quién sabe qué caminos ya conocidos, reconociéndolos. Si avanzamos por un camino ya transitado no lo hacemos con la misma conciencia, no percibimos las mismas cosas (puede que sí las cosas mismas) ni aquello que nos sorprendió a primera vista nos gobierna con la misma intensidad: la intensidad está en los detalles no apercibidos antes, los que hallamos al evitar mirar donde ya la mirada atendió a su asombro -incluso ante la ya tan recorrida palabra "asombro", rolléndola como a un hueso.
Dante Alleghieri -lo aprendí de Franc Ducros- creó en su Divina Comedia un ritmo métrico basándose en el caminar, y así, caminando, recorrió la totalidad del universo.
Letra a letra, palabra por palabra, aunque el universo se ha extendido al infinito, sin echar un pie por delante del otro, sin dirigir un dedo y otro al teclado, no hay manera de vivenciar la selva de estrellas que van apareciendo conforme nos adentramos a observar la pequeña e intransigente Vía Láctea al fondo de la página. Si el vacío nos impele.

domingo, enero 10

Dos horas de tren (Abdellatif Laâbi)


Deux heures de train

En deux heures de train
je repasse le film de ma vie
Deux minutes par année en moyenne
Une demi-heure pour l'enfance
une autre pour la prison
L'amour, les livres, l'errance
se partagent le reste
La main de ma compagne
fond peu à peu dans la mienne
et sa tête sur mon épaule
est aussi légère qu'une colombe
A notre arrivée
j'aurai la cinquantaine
et il me restera à vivre
une heure environ.



Dos horas de tren

En dos horas de tren
repaso la película de mi vida
dos minutos por año en promedio
media hora para la infancia
y otra para la prisión
El amor, los libros, la errancia
se reparten el resto,
La mano de mi compañera
se funde poco a poco en la mía
y su cabeza sobre mi hombro
es ligera como una paloma
A nuestra llegada
tendré la cincuentena
y me quedará por vivir
alrededor de una hora.


[Traducción mía]