jueves, abril 23

Mi vida se ha convertido en una historieta


No es que uno no crea en lo que hace. La publicidad ha ido gustándome poco a poquito, ha logrado que me interese en algunos efectos lingüísticos que más adelante podría aplicar a la escritura de poemas. Aquí se les llama creativos a los que no necesariamente aportan las ideas, más bien las modifican o de plano las calcan. Tiene su mérito estar informado... de lo que hizo otro. O sea que no siempre son tan creativos. Reactivo es un adjetivo que aunque no me entusiasma me gustaría más para el efecto. En realidad uno que otro u otra es más bien, según las variables, creadivo o creadiva, dependiendo de su autocomplacencia.
Hay en publicidad varios fenómenos dignos de estudio. Uno de ellos, por ejemplo, es que siempre se busca un efecto concreto en el espectador, un "beneficio único a comunicar".
Ser publicista es saber hacer negocios, hacerle creer al destinatario que elevará su status quo al volante de tal o tal coche, convencerlo de que debe tirar aquella lámpara vieja y sustituirla por una más moderna e insensible ... La publicidad es, ¿manipulación? No, no precisamente. Eso depende de los receptores, que ni son tontos ni tendrían por qué seguir las migajas que les prometen librarse del laberinto, lo que se les dice que hagan.
Ya ni se les sugiere qué deben comprar, se les muestra cómo el producto forma parte de sus historias de vida. En ese contar historias está el arte, o bien, contar historias da resultados hoy como antes, porque las historias nos recuerdan nuestra propia sucesión de hechos cotidianos y triviales y por eso irrepetibles, por lo que el mejor publicista ha de ser también un excelente narrador y por tanto un buen observador de la vida, del arte, de todo. Ser, en el caso mejor, como algunos dirían, un sibarita. Un viajero a la dimensión desconocida del otro. Todo mientras su propia vida no se convierta en historieta. (Aunque, pensándolo bien, no suena mal la idea.)

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