viernes, marzo 13

Metrópolis, hoja de poesía (reseña)


Leer poemas no en libros ni en revistas, no en suplementos culturales ni en páginas de internet, sino en hojas, en meras hojas impresas, casi siempre gratuitas, muchas veces ni siquiera dobladas y en todo caso volantes, o sea libérrimas y ligeras, es tanto como exponerse al estado más profundo y auténtico de la poesía escrita, que no es antigua ni moderna, que no está de moda ni podría no estarlo. Me refiero a la pobreza, que va más allá de la simple austeridad y el rigor y que no es, desde luego, sinónimo de miseria. Y es que, si la poesía es “inmortal y pobre”, como ya dejó escrito Borges, las hojas de poemas vienen a confirmarlo de modo natural, burlando sin altanería los códigos del mercado y entregándose a su lector más allá de la caducidad y la obsolescencia de la prensa periódica y de prácticamente todos los libros de la historia, que viven para el presente y con él se desvanecen.
Metrópolis, hoja de poemas dirigida en Guadalajara por el poeta Carlos Vicente Castro, llegó a su número 8 este mes de febrero. Cuatro poetas mexicanos (de Tepic, Guadalajara, Querétaro y la capital del país) comparten los pliegues de la publicación con otros tantos poetas de Argentina, Panamá, Rumania y España, respectivamente. Pero el interés de Metrópolis radica en la variedad estilística y emocional de los poemas que agrupa, no en la nacionalidad o procedencia de sus colaboradores.
Podría temerse que, por ser la poesía un género tan minoritario y el espacio de una hoja tan restringido, Metrópolis diera cuenta nada más de los intereses de un grupo, con sus pasiones y aversiones, renunciando con ello a la diversidad literaria. No es así: de la uniformidad aparente del yo poético a la dislocación e interpenetración de los numerosos discursos del orbe, de la exploración a tientas de la memoria y la identidad a la reproducción del habla cotidiana, los pocos y breves poemas de cada número de Metrópolis acaban resultando incontables y extensos. Camaleónica en el diseño, que varía entrega por entrega, esta hoja es poca, muy poquita cosa, y en esa brevedad y escasez cultiva los grandes y abiertos espacios de la poesía original y de la traducción, de la poesía llamada “joven” y de la que ya no lo es tanto, de la gravedad y el juego.


Luis Vicente de Aguinaga

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