lunes, septiembre 15

¿Para qué las antologías?


Se habla de claridad en la poesía contemporánea. Aquí y allá se hace eco de “la limpieza” en el estilo, de un rechazo más o menos abierto a los poemas de corte “oscuro”. Hoy que en Latinoamérica los excesos redundan en antologías, y sobre todo en México, algunas de ellas son simplemente la expresión de una dictadura del lenguaje que rechaza todo lo que considera de difícil comprensión y que tiene su contraparte en otra dictadura que privilegia la “claridad” del lenguaje poético.
Ambas posiciones, en la práctica -de quienes antologan-, se niegan al rigor de la investigación, urgidas como están por levantar pedestales.
Aunque ni la suma de antologías (o muestras), como se ha venido a llamar en México a la autopublicación con afanes un tanto turbios de política cultural, donde las becas y los premios han devenido meros elementos curriculares para obtener un prestigio hueco en cada vez más casos, dan fe de una producción que finalmente no obedece a la ansiosa emergencia por “encontrar reconocimiento”.
Las antologías son preparadas por los mismos poetas que integran las generaciones recientes: los mismos que concursan una y otra vez y ganan becas y premios. Inclusive es curioso encontrar con frecuencia que no hay distinciones entre jurados y premiados: son los mismos, como más de un escándalo ya ha mostrado.
Tal parece que estamos sobrevalorando los encuentros y festivales, las muestras, las becas y las múltiples distinciones que en cada estado premian a nuestros autores.
En sí, ¿qué tanto las antologías son leídas por los hacedores de poemas o, todavía mejor, por los lectores asiduos a la poesía? ¿Con qué objeto se publican? ¿A qué público pretenden llegar? ¿Por qué interesa tanto publicar antologías?
En México, las antologías poéticas llegan a ser, aun de rebote, otros tantos instrumentos de terrorismo cultural. Saltan a primera vista las exclusiones y los excesos, el egocentrismo y el autorreconocimiento.
Hablando de elecciones, hay una gran tradición que asimilar y es natural que surjan preferencias en tal o cual sentido cuando se integran esas bibliotecas personales que venimos a llamar antologías -y así, no carentes de un interés que habremos de separar de la política, del poder. Es esta noción de la poesía y de su publicación y reunión para su goce la que nos interesa, la razón de que, en el intento de esquivar pretensiones, varias antologías asuman su rol con desenfado y se reconozcan a sí mismas reflejadas en un espejo quebrado o incompleto.
De ahí que siendo, después de todo, no sólo instrumentos de lectura, sino también de poder, tanto gregarios como de exclusión, pongan en la perspectiva de quienes se aventuran a leerlas su esencia temporal, limitada, tal vez instantánea, mediante la autocrítica y la sinceridad.
Se agradece, en todo caso, contar con poemas cuya lectura de otro modo estaría fuera de nuestro alcance. Poemas que de sí ya desbordan cualquier sentido de selección: aquellos que más bien seleccionan a su lector, su escucha o espectador.
Después de todo, la poesía es por mucho una actitud reactiva del lenguaje. Y claramente ignora dictaduras.

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