martes, mayo 27

Sobre los pedantes

La pedantería tiene raíz en una cualidad respiratoria. Al pedante le falta aire y se le cierra la garganta, por lo que engola su voz. Una situación muy lógica si tomamos en cuenta que en esos momentos "se da sus aires" de ser poseedor de cierta cultura, gusto o apreciación. Se da unos aires que le faltan, de ahí que se le asocie, para ridiculizarlo, con aquellos sonoros vientos que más bien se relacionan con los desechos físicos. El pedante cae mal; es indigesto. No respira con fluidez. Lo escuchamos desfasado, muy sobre ese tono que la naturalidad confiere. Su artificialidad, con todo, no pretende ofender, sino tan solo posicionarlo en un grupo social o comunidad en que para ser aceptado hace exactamente aquello que le aleja de ella: asumir un papel que no le corresponde, el de una enciclopedia portátil, errática, como un anticuado y rígido maestro con una vara para atosigar a los otros, ignorantes, que ojalá se den cuenta de que hay quien les puede sacar de su pobre estado no de ignorancia, sí de falta de aprecio del genio natural. ¿Por qué no me aceptan si a cada rato compruebo que estoy hecho para todos los temas y mis oportunas intervenciones no desaprovechan la mínima oportunidad de hacerlos mejores de lo que son? Se encuentran, nada menos, ante alguien que supone que saber demasiado –un acto tan poco oportuno como una ventosidad– le dará un lugar especial entre aquellos cuya amabilidad desea y, más allá, o más acá, sinceramente su amistad o, ya que no la posee, su admiración. Gomoso, pedorro, engreído, sabihondo y, en fin, execrable y digno de rechazo: ese es el pedante, quien después de todo apenas si anhela una migaja de la alegría destilada por un puñado de personas que se llevan bien entre sí pero evaden con desprecio a aquel que en vez de actuar (respirar) con vitalidad tan solo emite al hablar esos mórbidos sonidos que harán huir al más hipócritamente bondadoso.

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