domingo, diciembre 31

El ejercicio de la nostalgia



A veces uno cree saber mucho de lo que habla. Enumera los directores de cine a los que ha llegado a querer, los autores en los que se reconoce y hasta los que ignora, la música convertida en historia de los géneros, en actualidad. Recuerdo que una actitud contraria llevaría a Murena a una aventura alucinante por los misterios del anacronismo en busca del sentido del arte, al que comprendía en la vía de la metáfora. Yo no voy tan lejos, ni siquiera en esa valoración. No sé, supongo, creo, que el verdadero momento en que, por ejemplo, sabemos de música, es aquel en que la disfrutamos, si bien antes o después de escucharla, la sola mención de ciertos nombres nos liga en la memoria con esa sensación experimentada e inexplicable. Quizá hace mucho descubrí a un David Bowie improvisar ante un micrófono radial de la BBC, en una colección difícil de conseguir. O los acordes y silencios de Mark Knopfler al interpretar “Private Investigations”, en los comienzos de mi adolescencia. Pero al recordar, el tiempo parece contraerse y borrar la noción de lejanía, las distancias que se oponen a lo vivido –atentamente vivido, como proponía Xirau. No lo sé. De lo que sí estoy seguro es que ciertos nombres son algo más que rótulos y su sola mención es capaz de devolvernos aquello de lo que alguna vez perdimos una intensidad que era necesario recobrar, aunque fuera sólo como el mero atisbo de un fragmento o astilla de eternidad bosquejada mediante el ejercicio de la nostalgia.

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