domingo, diciembre 31

El ejercicio de la nostalgia

A veces uno cree saber mucho de lo que habla. Enumera los directores de cine a los que ha llegado a querer, los autores en los que se reconoce y hasta los que ignora, la música convertida en historia de los géneros, en actualidad. Recuerdo que una actitud contraria llevaría a Murena a una aventura alucinante por los misterios del anacronismo en busca del sentido del arte, al que comprendía en la vía de la metáfora. Yo no voy tan lejos, ni siquiera en esa valoración. No sé, supongo, creo, que el verdadero momento en que, por ejemplo, sabemos de música, es aquel en que la disfrutamos, si bien antes o después de escucharla, la sola mención de ciertos nombres nos liga en la memoria con esa sensación experimentada e inexplicable. Quizá hace mucho descubrí a un David Bowie improvisar ante un micrófono radial de la BBC, en una colección difícil de conseguir. O los acordes y silencios de Mark Knopfler al interpretar “Private Investigations”, en los comienzos de mi adolescencia. Pero al recordar, el tiempo parece contraerse y borrar la noción de lejanía, las distancias que se oponen a lo vivido –atentamente vivido, como proponía Xirau. No lo sé. De lo que sí estoy seguro es que ciertos nombres son algo más que rótulos y su sola mención es capaz de devolvernos aquello de lo que alguna vez perdimos una intensidad que era necesario recobrar, aunque fuera sólo como el mero atisbo de un fragmento o astilla de eternidad bosquejada mediante el ejercicio de la nostalgia.

martes, diciembre 26

Resabios


Yo sé, Buck, que tus días no son llevaderos como solían en tu solaz del Sur, sin embargo, aunque impere en estos vientos que dibujan navajas en el hielo esa ley del garrote y del colmillo que refleja el Hudson como un precario espejo roto, sábete que morir aquí es mejor que una vida en eterna primavera. Claro, eso piensas mientras tiras pesadamente del arnés, arrastrando la más humana de las necedades. Yo lo sé. Resabios, cueros de caballo, Buck, pellejos que hacen el zumo en tus ojos, cabriolas de anestesia ante la frívola mirada de las montañas, aire fresco para tus pulmones. Sólo puedes pedir un buen balazo cuando llegue la hora.

martes, diciembre 5

Entre páginas nómadas

Cees Nooteboom, el viajero, el apacible escritor de mundos desapacibles, se hallaba sorpresivamente en un país diferente a aquel donde había conciliado el sueño, igual que Herman Mussert al despertar en una desconcertante habitación de hotel en Lisboa: estaba ahí, extrañado, sentado al frente de un salón de la FIL que, irremediablemente, distaba de estar lleno. Una corta fila para la firma de autógrafos conformada en mucho por gente en la ignorancia del placer de leerlo pero confiada en que se hallaba frente a un autor de talla: si no, ¿por qué habrían de ser tan caros sus libros?, ¿cómo, entonces, se le programaría para dar una "conferencia magistral"?, casi creo haber imaginado que se decían entre sí. “Este va para premio Nobel”, afirmaba un tercero, mientras sacaba orgulloso su libro de la bolsa, todavía oloroso a nuevo luego de quitarle el papel celofán. El único que parecía saber algo realmente de él era Alberto Ruy Sánchez, que lo había acaparado en la sesión de preguntas con un entusiasmo pegajoso. Pues bien, Nooteboom no estaba muy contento con la edición que Siruela armó de Hotel nómada, parecía que el libro le resultaba ajeno, no le satisfacían mucho que digamos ni la elección ni el orden impuesto a sus crónicas de viaje. “Uno tiene ahí su tesoro y luego entran los editores y saquean lo que quieren”, se había quejado. Eso, sin contar lo reacio que se mostraba a justificar los episodios de su itinerancia. "¿No pueden hacerse las cosas de la vida sólo porque sí?". Yo poco puedo hablar de él, al menos por ahora. La historia siguiente me conmovió al grado de hacer un poemita que no tardé en desechar. Además, llegué a leer un artículo-cuento suyo en “Babelia” hace dos o tres años, con la condena impuesta de abordarlo en un idioma en el que, con relación al suyo, el neerlandés, cuando menos median los Pirineos. En fin: la estación, un buen pretexto para que cualquier sedentario “errante” se aventure entre estas páginas nómadas, insatisfechas.