martes, septiembre 20

De la música el silencio

A Toño Preciado, in memoriam.

I. Del oficio

Inspiración y composición
 La poesía es palabra. Composición, lucha contra el lenguaje con el arma del lenguaje: he aquí una dicotomía difícil de salvar en nuestra época, en que cada uno ha de buscar su propio lenguaje y éste será original en la medida en que no se parezca a ninguno otro. Asunto de titanes el decir algo que nunca antes haya dicho nadie. Asunto quizá imposible. No así el decirlo de una manera original, otra palabra dañada por el exceso de uso, pero que una idea más objetiva de la inspiración y la composición explicaría. Cualquiera que haya leído las poéticas de Aristóteles y de Horacio se sonreiría ante la imagen de que poetas como Homero o Virgilio transcribían el dictado de una musa. En cambio, vería en ellos un trabajo de inspiración en cada poema, una inspiración trabajada con inteligencia.
Horacio aconsejaba guardar un poema por nueve años en un cajón, no sin antes mostrarlo al escrutinio de quienes sabían valorar la poesía. En un sentido más moderno –mejor dicho, más reciente–, que no desmiente a éste, Ezra Pound afirmaba que más le valía a un poeta escribir una sola imagen en toda su vida que hacer obras voluminosas. En un sentido biológico que ni aun por obvio podemos dejar de mencionar, la inspiración es el primer paso de un proceso continuo y rítmico en que la sangre se regenera.
Al concebir “El cementerio marino” Paul Valéry fue inspirado por la forma de un ritmo específico (el decasílabo rimado). Todo fue dejar llevar su espíritu por el rigor de una armonía. Sobran nombres qué citar acerca del valor de la inspiración y el del arduo trabajo de conocer el oficio de escribir. Inspiración y composición no son sino los ingredientes, en porciones variables según el gusto, de una misma receta irrepetible. No importa quién la cocine. O como dijera Picasso –y pudiera no haber sido él: yo no sé si exista o no la inspiración, pero que me encuentre trabajando.

Voz en relación
El modo de hablar, de hacer real la posibilidad del lenguaje, nos describe, nos muestra, al igual que otros signos visibles: las camisas que usamos, los pantalones, el modo como los vestimos. La vida está plagada de signos; todo en ella, de algún modo, comunica. Nuestra voz no se salva. Cuando alguien escribe un cuento —lo digo con el fin de saltar a la escritura, aunque ya desde el principio hemos estado ahí—, realiza su voz. O un poema, una novela, una canción, cualquier otra obra.
Ser original no es precisamente negar las múltiples voces con las cuales convivimos, sino saber distinguir nuestra voz de entre todas, pero saber también que nuestra voz surge de otras voces y con ellas se relaciona.
Según Kandinsky, cada cultura produce un arte nuevo, hijo de su época. Hoy cabe agregar: cada persona aporta lo propio de acuerdo a la relación que mantiene con su realidad —una realidad temporal, cambiante, diversa. Cada obra manifiesta una concepción diferente del mundo. Al trabajarla, lo que se busca es limpiarla de timbres ajenos que dificultan su comprensión.
La influencia de otras voces es tan inevitable como deseable: heredamos las facciones de un rostro que cambiará de acuerdo a sus circunstancias. Quien, sin negar sus deudas o contribuciones, ha encontrado su voz, sabe que ha de perderla múltiples veces en el transcurso de la vida, pues la más genuina voz es aquella que siempre está por descubrirse.

De oficiantes
No es lo mismo escribir con el teclado suave de una computadora que con la metralla de una Olivetti; constatar los relieves en la hoja bond rellenos de tinta fresca o el espacio luminoso de la página electrónica manchándose de negro. En el habla se despliega una delectación por los gestos del interlocutor; en la escritura los imaginamos. Se ama cada aspecto del oficio: el brillo húmedo del papel recién impreso en la Hewlett Packard, los diseños de la tipografía, el color de los caracteres, las increíbles posibilidades del Word. Aunque ¿cómo dejar atrás aquel retumbar de tren de los dedos sobre el teclado de la máquina de escribir? Las yemas sucias de tinta, el aroma cálido de las hojas, el zumbar del rodillo al cambiar de renglón, al notar que la hoja ha sido desbordada, al regresar sobre lo andado para corregir, tachar, completar. O bien, trazar el vuelo de la escritura con la pluma fuente. En el cuaderno diario o el cartapacio de costumbre. En esa intimidad muchas veces sin lectores. Y, en el otro lado de la balanza, entre los hallazgos del bibliófilo, ciertas sutilezas entrañables: pasar las páginas del libro, oler el tiempo blanco o amarillo de sus hojas, entretenerse con anotaciones al margen… Pero el escribir, ya diálogo o monólogo o soliloquio que sea, responde a una incógnita (o muchísimas, no limitemos) surgida de nosotros mismos y que sólo nosotros somos capaces de descubrir. Hay un amor de oficiante, más que de oficioso, en el doble acto de leer y escribir. Bajo este precepto, una lectura rápida sería un acto de incomprensión. Leer y escribir son ritos sagrados. Actos de ociosos, en todo caso. Son un placer.

Publicar
Si publicar fuera tan importante como soñar, lo buscaría uno todo el tiempo. Pero no es para nada importante. Lo es comunicarse, dialogar, de alguna manera convivir a partir de la escritura, reflexionar, conocerse y reconocer el mundo, mas publicar nada más por hacer pública la propia estupidez, para que el nombre salga en el periódico o que titule un libro malo, mejor abstenerse. Firmar un texto significa tan sólo adquirir una responsabilidad ante lo dicho, dibujar con el nombre una huella digital que señala el último rasgo de una personalidad configurada, esbozada por las letras que le siguen o preceden. De los textos que uno escribe los hay buenos como los hay malos, y los “buenos textos” no lo son por estar bien redactados, sino bien imaginados. Imaginar bien es pensar bien, y por eso escribir bien, y es que escribir congrega algo mejor que sólo aplicar o dejar ver una técnica. Se trata de un movimiento natural. Al escribir, se sueña. Lo único malo de lo malo que uno escribe es que al publicarlo es ya imposible borrarlo, tacharlo, reescribirlo o tirarlo a la basura. La imaginación abre las puertas de la percepción, nos abre los sentidos para sentir al otro y comunicarlo. Una deficiente comprensión del fenómeno de la escritura es pensar que somos “más” mientras más aparece nuestro nombre en las revistas o más se nos menciona en las cátedras. Lo que habría que esperar –y afirmarlo compromete– es esa limpieza de sentido en el diálogo que abrimos y ofrecemos al prójimo, ese tan deseable próximo. Escribimos por necesidad de sacar del cuerpo aquello que de permanecer dentro nos envenenaría: al echarlo fuera sanamos de esa enfermedad de vivir sólo para nosotros mismos. Lo demás, la fama, las becas, los premios y tantas otras pretensiones, son asuntos extra–artísticos, y en ese sentido innecesarios. Al menos no debieran estorbar el nacimiento de la obra.

La estela de una pregunta
Escribió alguna vez Pablo Neruda que a él no le gustaba masticar teorías. Hablar de arte creo que es poner las preguntas sobre la mesa, con la esperanza de que esas palabras sugieran alguna respuesta. Pero tampoco en realidad se espera la respuesta: en el signo de interrogación, allí, sutil, se dibuja el gancho que nos une con el hacer poemas. Es como oler el pan en las panaderías cuando ya el horno se ha enfriado y sólo queda el recuerdo del amasijo. Huidobro propuso un esquema que explicaba la trayectoria que seguía la percepción sensitiva del mundo objetivo hasta el lugar del poema como una realidad aparte: el poeta equilibraba su técnica y su percepción subjetiva de modo que lograba hacerse de un estilo. De lo contrario, si cualquiera de éstas dos dominaba sobre la otra, su expresión caía en el amaneramiento. Neruda bien supo que por más teorías que se mastiquen, los gustos no son los mismos para nadie. Las fórmulas existen para romperse, si no es que nacen ya muertas. Si el poema parece ser la huella que pronto borrará la lluvia, no imagino qué pasará con lo que se dice de él. Breton pugnó por descubrir el polvo alojado bajo la alfombra de la conciencia. Marinetti desentrañó otra perspectiva del tiempo, congelándolo en el movimiento. Se han abierto muchas puertas a la creatividad, que sus artífices han cerrado tras de sí. ¿Está de más hablar sobre poesía? Octavio Paz llegó a cambiar de opinión una y otra vez respecto a lo que había publicado: sus puntos de vista, o se habían ampliado, o ya eran otros. ¿Es ése un motivo por el cual no debiéramos hablar? ¿No es mejor estar bien seguros de lo que decimos antes de publicarlo? Y si no hablamos, si no conversamos sobre lo que pensamos y sentimos, sobre lo que la percepción de nuestros sentidos provoca al pensamiento, y el pensamiento a nuestra realidad, entonces ¿cómo nos daríamos cuenta de que estamos equivocados? Ninguna teoría ni ningún estudio podrán suplir jamás el poder sutil o flagrante de un poema, pero ¿por qué privarse de una conversación que, con suerte, trazará la estela de una buena pregunta?

Brevedad
En pocas palabras decir lo mucho, en muchas palabras decir mucho más: si lo que deseamos es comunicarnos, entre más exacto, más preciso sea nuestro lenguaje, estaremos seguros de que quien lee o escucha, recibe con un mínimo margen de error nuestros mensajes. El o los espacios en blanco de una página son un homenaje al silencio (también pueden ser una vociferación contra la palabra, lo que viene a caer en la misma idea). Poemas de un solo verso, haikús o textos pequeñitos resaltan las más de las veces el espacio vacío. El propio vacío que somos, perplejos ante la inmensidad del universo. Podríamos bautizar al lenguaje más eficaz como aquel capaz de generar, con su indispensable precisión –sin negligencia del decir– el silencio que espera al filo de la última letra o signo de puntuación.
Claro que se agradece leer esas novelas extensas, esos ladrillos que jamás nos aburren, que no somos capaces de abandonar. No dicen más de lo que quieren decir, y lo que dicen quizá nos acompañe mientras sorbemos el café de una taza y miramos la lluvia golpear la ventana. Aun las novelas más extensas, las imprescindibles, las logradas, son breves. Si dijeran más de lo que necesitan se volverían insoportables. Ahora que también novelas cortas como La tumba, El apando o Las batallas en el desierto nos otorgan un regalo: el tiempo necesario para conocer otras historias (o releer las conocidas). Experimentamos nostalgia por esos libros que en poco tiempo tanto nos dieron. Siempre queda un agradable resabio de los paisajes que vimos al trasladarnos por el hilo tenso de su teleférico. La brevedad se aplica a cualquier género, la brevedad como aquí he querido entenderla: una economía de lenguaje. Esta información, poca o mucha, con estos medios y de esta forma, me dan por resultado sólo y únicamente lo que quiero decir, lo que descubro querer decir al escribirlo.

De la música el silencio
El silencio es un camino inescrutable, poco o nada sabemos qué nos depara detrás de él, a dónde, entre la oscuridad, nos llevará. Y sin embargo allá vamos, siempre, ineludiblemente, hacia ese estado de la conciencia que nos borra la personalidad, los deseos, las imágenes y hasta esa línea del destino que pretendemos controlar. Cierto que el silencio es espejo: un espejo que es puerta y abrimos hacia el interior, hacia nuestra personal profundidad. En algún momento nos hallamos en esa encrucijada. Las palabras están de más, y la mirada se adentra en quién sabe qué recónditos pensares o sentires, en procura de la nada más absoluta. El decir y el hacer que nos hacen, que somos cada día, se transforman, se transparentan, muestran que un ciclo en la vida ha terminado. Se ha hecho mucho o poco, no se sabe, sólo resta callar, ensimismarse: procurarnos otra piel y otros ojos con qué mirar lo que el mundo ofrece, el mundo que somos. El silencio es transparente como el agua tranquila. Hay incertidumbre, sí, pero no ahí, en ese lugar al margen, en esa mirada. La música del silencio no tarda en dejarse oír para quien tiende sus sentidos enteros a la percepción. Un silencio que no es inmovilidad, pasividad, incapacidad, sino que es eje y es móvil. Sólo escuchar de la música el silencio.

El gran libro del mundo
Por medio del lenguaje, principalmente, es que conocemos el mundo. De muy niños absorbíamos las cosas lo más posible con la boca, con las manos, las rodillas, los ojos atónitos: chupábamos todo lo que estuviera a nuestro alcance, comenzando por nosotros mismos; andábamos a gatas y así descubríamos el suelo vedado a los adultos; empezábamos por caminar y pronto los tropezones ya formaban parte de nuestras diarias experiencias. El sabor terroso del barro, el pequeño lago convertido en remolino dentro de un cuarto que parecía inmenso, los colores dibujados en las paredes, a semejanza de los trazados en Altamira. Lo dicho por los mayores era sólo borucas. Quién sabe qué querían decir con su alboroto, su tanto hablar. Y abajo, desde donde el mundo nos era tan sorprendente, en el raso suelo donde nos gustaba ensuciarnos, la vida era otra: texturas, olores, visiones nuevas. Conforme las cosas fueron reduciendo su tamaño, a medida que el suelo, del que tanto aprendimos, fue quedando como un paisaje a la distancia, empezamos a reconocer el entorno mediante otra manera propia del lenguaje: la palabra.
Las palabras nos referían a aquello que antes apenas si conocíamos sobre todo por las sensaciones que nos proporcionaba, la textura de sus sonidos, la diversidad de sus colores, su capacidad para formar parte de nuestros juegos. Y vinieron a encerrar en una mezcla de sonidos un significado, una alquimia aprendida directamente de la realidad. Pero la mayoría de las veces carecían de existencia, de ser, eran como ojos de vidrio que no miraban. Les faltaba un enfoque lúdico; podían amontonarse en una pila y ser quemadas sin perderse absolutamente nada. Entonces, o quizá ocurrió desde siempre, como por un asunto mágico que ignoramos a quién o a qué se lo debemos, descubrimos que ciertas palabras sonaban distintas de las otras y que creaban de por sí una realidad independiente. En algún momento supimos que a aquella experiencia algunos la llamaban poesía: las palabras eran el mundo, el mundo que quiso conocer Descartes sin creerle nada a nadie más que a sí mismo, a la vez que un mundo ilimitado en su gran lectura simbólica.

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